
El mundo cambia cuando dos se miran y se reconocen
Octavio Paz
Octavio Paz
Me levanto por la mañana. Es tarde, en media hora debo estar en el Ángel de la Independencia y mi casa está a dos horas de camino.
Salgo cuando todos duermen. No quiero que mis padres me interroguen o que mi hermana critique mis pantalones rotos o mi playera del Che, arguyendo a mi linda figura. Estoy cansada, harta de dar explicaciones. ¿Por qué es tan difícil entender que lo establecido no me interesa? ¿Por qué que los quince años me dan flojera? ¡Carajo no quiero ser como ellos!
Paso por debajo de los torniquetes, me ahorro unos pesos para una chela o unos tabacos. Corro hacia el metro que está apunto de cerrar sus puertas. Una señora me mira asombrada. No sé si son mis pantalones, la mezcla de colores en mi cabello, o la perforación que traigo en la nariz. Me siento en el suelo, no espero que nadie me dé su lugar y el trayecto es largo.
Entonces lo miro. Entra de la mano de una chica y es como un sueño: alto, delgado, con una mohicana en el cabello, una perforación en la ceja y otra en el labio, unos botas gastadas; su playera tiene la hoz y el martillo, su chamarra, de color verde, tiene incontables parches punk. Lo miro.
Me mira porque casi tropieza conmigo. Me sonríe mientras su chica lo jala del brazo y le reclama. Él, la besa para contener sus reclamos. Abre los ojos y los clava en mí y es ahí que todo comienza.
Bajamos. Ella con él y yo detrás esperando que avancen y perderme. Cuando desaparecen aprieto el paso. Mis amigos deben estar enojados, hace una hora debí llegar para vender periódicos.
Sólo ella me espera. Está sentada en la banqueta mirando el reloj y con el paquete de periódicos al lado. Me disculpo y, después de besarla, el enojo se le pasa. Ésta vez le digo que quiero vender sola, que la veo en el asta del Zócalo. Muy a su pesar acepta y se va.
Avanzo, la Marcha ya está atiborrada de gente. “Publicación crítica, revolucionaria, de cooperación voluntaria”. Unas chicas se acercan y me hacen la plática. Les cuento sobre la Revolución, me compran un par de periódicos y, al final, me dan su teléfono. Minutos después los tiro. Ya estoy cansada de esas mujeres de interminables horas en el teléfono o el Messenger. Estoy cansada de las frases cortas, de los gemidos largos, de las caricias de agradecimiento y del acoso telefónico o en la calle. Hasta la madre de los te amo vacíos.
Sigo mi labor. Más chicas, chicos con playeras revolucionarias, pantalones de cuadros y cadenas que se visten para ligar, que no saben nada y no les interesa. Para ellos la Revolución es cool. Después de unos años engrosarán las filas de empleados, de amas de casa o de profesionistas sin trabajo.
Cuando entrego el último periódico y camino hacia el punto de encuentro, veo un cigarro en el suelo y me agacho a recogerlo. Entonces miro sus botas, el casquillo salta a la vista por el sol y lo gastado de la piel. Estoy nerviosa, no lo puedo creer. Las bolsas del pantalón, el cinturón, la playera, sus ojos en los míos. “Hola” No sé qué contestar, cómo se habla con una manifestación divina. Le saco la vuelta, me toma del brazo, me besa. Me desvanezco, me diluyo, desaparece todo. Cuando abro los ojos, me mira y sonríe. “¿Por qué te fuiste, por qué desapareciste?” “No quería que tu novia se enojara” “¿Cuál novia?” “La chica con la que ibas en el metro”. “Ah, ella. Es historia pasada. Siempre hace esas cosas. Estuvimos un tiempo juntos, pero eso se terminó” Me toma de la mano y camino con él. Ya no importa llegar al asta, ni las charlas en el café o las chelas en la casa de siempre. Me importa él; le importo yo.
Llegamos a su casa. Un departamento de paredes blancas. Va al refrigerador y me invita una caguama. La pone en medio de la mesa y espera, y me mira. Jamás en la vida me habían mirado así, con detenimiento, escudriñando cada recoveco de mis ojos. Nadie había bebido conmigo con tal parsimonia y silencio. Nadie me había dejado en su casa, de clase media, mientras salía por cigarros.
El lugar está lleno de cajas recién abiertas. Un librero envuelto en plástico por allá, la televisión y el DVD, una mochila de militar verde llena de ropa. Artículos de higiene personal, hojas con escritos, una cubeta de pintura blanca, un rodillo, una brocha y un cenicero azul.
Cuando regresa me encuentra sentada en el piso. La cerveza ya me hizo efecto y me tambaleo para abrazarlo. Luego me invita un cigarro, lo enciende y fumamos. Sus ojos grandes y cafés son perfectos. El sueño poco a poco se convierte en realidad. Con la tercera caguama me quedó dormida.
El olor a huevo y café me despierta. Estoy en su cama, las sábanas huelen a suavizante de telas. Se detiene en el quicio de la puerta y me mira. “Ya levántate floja, el desayuno está listo”. Me levanto tambaleante y algo preocupada por mi aspecto. En la mesa están dos platos, dos vasos de jugo y una cafetera bastante extraña. Apenada le pregunto sino pasó nada. “No, nada paso. No te apures” Desayunamos.
Mi teléfono suena. Es ella, ya no importa. Me sirve una taza de café y enciende un cigarro. Me pregunta si tengo planes, le digo que no. Hablamos sobre el tiempo, el amor, el sexo, la Revolución, la literatura. Hablamos, lo escucho, me escucha. Somos, nos reinventamos.
No sé cuánto duraremos, tampoco si el amor será suficiente o si nuestro pasado nos obligará a claudicar. Si el sueño se convertirá en pesadilla. Ya no somos blancos, negros o rojos. Ahora estamos juntos y eso es lo que importa. Ahora lo miro, me mira, y nos reconocemos. Soy, es, somos.
Agata
09
Salgo cuando todos duermen. No quiero que mis padres me interroguen o que mi hermana critique mis pantalones rotos o mi playera del Che, arguyendo a mi linda figura. Estoy cansada, harta de dar explicaciones. ¿Por qué es tan difícil entender que lo establecido no me interesa? ¿Por qué que los quince años me dan flojera? ¡Carajo no quiero ser como ellos!
Paso por debajo de los torniquetes, me ahorro unos pesos para una chela o unos tabacos. Corro hacia el metro que está apunto de cerrar sus puertas. Una señora me mira asombrada. No sé si son mis pantalones, la mezcla de colores en mi cabello, o la perforación que traigo en la nariz. Me siento en el suelo, no espero que nadie me dé su lugar y el trayecto es largo.
Entonces lo miro. Entra de la mano de una chica y es como un sueño: alto, delgado, con una mohicana en el cabello, una perforación en la ceja y otra en el labio, unos botas gastadas; su playera tiene la hoz y el martillo, su chamarra, de color verde, tiene incontables parches punk. Lo miro.
Me mira porque casi tropieza conmigo. Me sonríe mientras su chica lo jala del brazo y le reclama. Él, la besa para contener sus reclamos. Abre los ojos y los clava en mí y es ahí que todo comienza.
Bajamos. Ella con él y yo detrás esperando que avancen y perderme. Cuando desaparecen aprieto el paso. Mis amigos deben estar enojados, hace una hora debí llegar para vender periódicos.
Sólo ella me espera. Está sentada en la banqueta mirando el reloj y con el paquete de periódicos al lado. Me disculpo y, después de besarla, el enojo se le pasa. Ésta vez le digo que quiero vender sola, que la veo en el asta del Zócalo. Muy a su pesar acepta y se va.
Avanzo, la Marcha ya está atiborrada de gente. “Publicación crítica, revolucionaria, de cooperación voluntaria”. Unas chicas se acercan y me hacen la plática. Les cuento sobre la Revolución, me compran un par de periódicos y, al final, me dan su teléfono. Minutos después los tiro. Ya estoy cansada de esas mujeres de interminables horas en el teléfono o el Messenger. Estoy cansada de las frases cortas, de los gemidos largos, de las caricias de agradecimiento y del acoso telefónico o en la calle. Hasta la madre de los te amo vacíos.
Sigo mi labor. Más chicas, chicos con playeras revolucionarias, pantalones de cuadros y cadenas que se visten para ligar, que no saben nada y no les interesa. Para ellos la Revolución es cool. Después de unos años engrosarán las filas de empleados, de amas de casa o de profesionistas sin trabajo.
Cuando entrego el último periódico y camino hacia el punto de encuentro, veo un cigarro en el suelo y me agacho a recogerlo. Entonces miro sus botas, el casquillo salta a la vista por el sol y lo gastado de la piel. Estoy nerviosa, no lo puedo creer. Las bolsas del pantalón, el cinturón, la playera, sus ojos en los míos. “Hola” No sé qué contestar, cómo se habla con una manifestación divina. Le saco la vuelta, me toma del brazo, me besa. Me desvanezco, me diluyo, desaparece todo. Cuando abro los ojos, me mira y sonríe. “¿Por qué te fuiste, por qué desapareciste?” “No quería que tu novia se enojara” “¿Cuál novia?” “La chica con la que ibas en el metro”. “Ah, ella. Es historia pasada. Siempre hace esas cosas. Estuvimos un tiempo juntos, pero eso se terminó” Me toma de la mano y camino con él. Ya no importa llegar al asta, ni las charlas en el café o las chelas en la casa de siempre. Me importa él; le importo yo.
Llegamos a su casa. Un departamento de paredes blancas. Va al refrigerador y me invita una caguama. La pone en medio de la mesa y espera, y me mira. Jamás en la vida me habían mirado así, con detenimiento, escudriñando cada recoveco de mis ojos. Nadie había bebido conmigo con tal parsimonia y silencio. Nadie me había dejado en su casa, de clase media, mientras salía por cigarros.
El lugar está lleno de cajas recién abiertas. Un librero envuelto en plástico por allá, la televisión y el DVD, una mochila de militar verde llena de ropa. Artículos de higiene personal, hojas con escritos, una cubeta de pintura blanca, un rodillo, una brocha y un cenicero azul.
Cuando regresa me encuentra sentada en el piso. La cerveza ya me hizo efecto y me tambaleo para abrazarlo. Luego me invita un cigarro, lo enciende y fumamos. Sus ojos grandes y cafés son perfectos. El sueño poco a poco se convierte en realidad. Con la tercera caguama me quedó dormida.
El olor a huevo y café me despierta. Estoy en su cama, las sábanas huelen a suavizante de telas. Se detiene en el quicio de la puerta y me mira. “Ya levántate floja, el desayuno está listo”. Me levanto tambaleante y algo preocupada por mi aspecto. En la mesa están dos platos, dos vasos de jugo y una cafetera bastante extraña. Apenada le pregunto sino pasó nada. “No, nada paso. No te apures” Desayunamos.
Mi teléfono suena. Es ella, ya no importa. Me sirve una taza de café y enciende un cigarro. Me pregunta si tengo planes, le digo que no. Hablamos sobre el tiempo, el amor, el sexo, la Revolución, la literatura. Hablamos, lo escucho, me escucha. Somos, nos reinventamos.
No sé cuánto duraremos, tampoco si el amor será suficiente o si nuestro pasado nos obligará a claudicar. Si el sueño se convertirá en pesadilla. Ya no somos blancos, negros o rojos. Ahora estamos juntos y eso es lo que importa. Ahora lo miro, me mira, y nos reconocemos. Soy, es, somos.
Agata
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