miércoles, 19 de agosto de 2009

Revolución


El mundo cambia cuando dos se miran y se reconocen
Octavio Paz





Me levanto por la mañana. Es tarde, en media hora debo estar en el Ángel de la Independencia y mi casa está a dos horas de camino.

Salgo cuando todos duermen. No quiero que mis padres me interroguen o que mi hermana critique mis pantalones rotos o mi playera del Che, arguyendo a mi linda figura. Estoy cansada, harta de dar explicaciones. ¿Por qué es tan difícil entender que lo establecido no me interesa? ¿Por qué que los quince años me dan flojera? ¡Carajo no quiero ser como ellos!

Paso por debajo de los torniquetes, me ahorro unos pesos para una chela o unos tabacos. Corro hacia el metro que está apunto de cerrar sus puertas. Una señora me mira asombrada. No sé si son mis pantalones, la mezcla de colores en mi cabello, o la perforación que traigo en la nariz. Me siento en el suelo, no espero que nadie me dé su lugar y el trayecto es largo.

Entonces lo miro. Entra de la mano de una chica y es como un sueño: alto, delgado, con una mohicana en el cabello, una perforación en la ceja y otra en el labio, unos botas gastadas; su playera tiene la hoz y el martillo, su chamarra, de color verde, tiene incontables parches punk. Lo miro.

Me mira porque casi tropieza conmigo. Me sonríe mientras su chica lo jala del brazo y le reclama. Él, la besa para contener sus reclamos. Abre los ojos y los clava en mí y es ahí que todo comienza.

Bajamos. Ella con él y yo detrás esperando que avancen y perderme. Cuando desaparecen aprieto el paso. Mis amigos deben estar enojados, hace una hora debí llegar para vender periódicos.


Sólo ella me espera. Está sentada en la banqueta mirando el reloj y con el paquete de periódicos al lado. Me disculpo y, después de besarla, el enojo se le pasa. Ésta vez le digo que quiero vender sola, que la veo en el asta del Zócalo. Muy a su pesar acepta y se va.

Avanzo, la Marcha ya está atiborrada de gente. “Publicación crítica, revolucionaria, de cooperación voluntaria”. Unas chicas se acercan y me hacen la plática. Les cuento sobre la Revolución, me compran un par de periódicos y, al final, me dan su teléfono. Minutos después los tiro. Ya estoy cansada de esas mujeres de interminables horas en el teléfono o el Messenger. Estoy cansada de las frases cortas, de los gemidos largos, de las caricias de agradecimiento y del acoso telefónico o en la calle. Hasta la madre de los te amo vacíos.

Sigo mi labor. Más chicas, chicos con playeras revolucionarias, pantalones de cuadros y cadenas que se visten para ligar, que no saben nada y no les interesa. Para ellos la Revolución es cool. Después de unos años engrosarán las filas de empleados, de amas de casa o de profesionistas sin trabajo.

Cuando entrego el último periódico y camino hacia el punto de encuentro, veo un cigarro en el suelo y me agacho a recogerlo. Entonces miro sus botas, el casquillo salta a la vista por el sol y lo gastado de la piel. Estoy nerviosa, no lo puedo creer. Las bolsas del pantalón, el cinturón, la playera, sus ojos en los míos. “Hola” No sé qué contestar, cómo se habla con una manifestación divina. Le saco la vuelta, me toma del brazo, me besa. Me desvanezco, me diluyo, desaparece todo. Cuando abro los ojos, me mira y sonríe. “¿Por qué te fuiste, por qué desapareciste?” “No quería que tu novia se enojara” “¿Cuál novia?” “La chica con la que ibas en el metro”. “Ah, ella. Es historia pasada. Siempre hace esas cosas. Estuvimos un tiempo juntos, pero eso se terminó” Me toma de la mano y camino con él. Ya no importa llegar al asta, ni las charlas en el café o las chelas en la casa de siempre. Me importa él; le importo yo.

Llegamos a su casa. Un departamento de paredes blancas. Va al refrigerador y me invita una caguama. La pone en medio de la mesa y espera, y me mira. Jamás en la vida me habían mirado así, con detenimiento, escudriñando cada recoveco de mis ojos. Nadie había bebido conmigo con tal parsimonia y silencio. Nadie me había dejado en su casa, de clase media, mientras salía por cigarros.


El lugar está lleno de cajas recién abiertas. Un librero envuelto en plástico por allá, la televisión y el DVD, una mochila de militar verde llena de ropa. Artículos de higiene personal, hojas con escritos, una cubeta de pintura blanca, un rodillo, una brocha y un cenicero azul.

Cuando regresa me encuentra sentada en el piso. La cerveza ya me hizo efecto y me tambaleo para abrazarlo. Luego me invita un cigarro, lo enciende y fumamos. Sus ojos grandes y cafés son perfectos. El sueño poco a poco se convierte en realidad. Con la tercera caguama me quedó dormida.

El olor a huevo y café me despierta. Estoy en su cama, las sábanas huelen a suavizante de telas. Se detiene en el quicio de la puerta y me mira. “Ya levántate floja, el desayuno está listo”. Me levanto tambaleante y algo preocupada por mi aspecto. En la mesa están dos platos, dos vasos de jugo y una cafetera bastante extraña. Apenada le pregunto sino pasó nada. “No, nada paso. No te apures” Desayunamos.

Mi teléfono suena. Es ella, ya no importa. Me sirve una taza de café y enciende un cigarro. Me pregunta si tengo planes, le digo que no. Hablamos sobre el tiempo, el amor, el sexo, la Revolución, la literatura. Hablamos, lo escucho, me escucha. Somos, nos reinventamos.

No sé cuánto duraremos, tampoco si el amor será suficiente o si nuestro pasado nos obligará a claudicar. Si el sueño se convertirá en pesadilla. Ya no somos blancos, negros o rojos. Ahora estamos juntos y eso es lo que importa. Ahora lo miro, me mira, y nos reconocemos. Soy, es, somos.






Agata
09

martes, 18 de agosto de 2009

Después


Despierto a tu lado y estoy desnuda. Me duele la cabeza y el aliento me sabe a fiesta: cigarros, alcohol, cocaína. Miro el lugar. Las paredes son blancas y lo único que hay es una foto colgada: Un hombre y una mujer sonríen a la cámara con un pequeño en brazos. Por la vestimenta concluyo que festejan una boda, su boda: la tuya y la de él. Parece que fue ayer cuando, una conocida, me pregunto por ti: “¿Ya supiste?, regresó al buen camino. No como tú que sigues esperándola”. Me quedé fría, contuve las lágrimas y quise seguir con mi vida.
La luz que entra por la ventana parece del medio día: seca, aniquilante. Me levanto para buscar mis lentes oscuros, revuelvo la habitación, pero nada. Es cuando te miro: tu cuerpo ajeno, rígido como una estatua recién encontrada. Tu espalda, tus hombros, tus brazos, tu cabello: algunas canas se escaparon a ese tinte que te hace irreconocible. Entonces, caigo en la cuenta de la cantidad de tiempo que no pasé a tu lado. Nos miro: Ahí estás, frente a mí, del otro lado de la puerta de mi casa, vestida de negro con el estampado blanco de un personaje de caricatura en tu camiseta. Ahí estás, esperando una respuesta, mi respuesta. Mientras, yo, nerviosa, me recubro en el silencio y te cierro la puerta. Tenía miedo; no sabía cómo decirte, se me atoraba en la garganta. ¿Cómo podías decirme algo así?
Salgo del cuarto. En el pequeño comedor encuentro mis lentes y me los pongo. En el sillón verde de la sala está, como restos de la noche parte de mi ropa; la demás, hace un rastro hacia la cama en la que descansas. Poco a poco me visto. Voy por un vaso de agua a la cocina y, cuando abro el refrigerador en busca de hielos, encuentro mi cajetilla, casi extinta, y el encendedor en el suelo. Prendo un cigarrillo mientras trato de recordar, recordarte, recordarnos.
Miro a través de la ventana. Y sí, es medio día, bueno, pasadas las 12:30. Los niños de la primaria de enfrente salen felices con la expectativa de un fin de semana lleno de juegos. Me miro sentada esperando a que lleguen por mí, pero, como siempre, camino sola a casa. Giro la llave y la encuentro vacía. Me quito el uniforme, saco mis cuadernos y libros. Comienzo con las tareas. Señalo las sílabas tónicas, resuelvo quebrados, leo sobre los ecosistemas, me entero que hay un país que se llama la URSS. Reordeno mis cosas en la mochila. Voy al refrigerador y me encuentro con su nota: “Haz tu tarea, come. Te dejé algo para que lo metas al micro, ya sabes que no tenemos gas. Más tarde te irán a cuidar.”
Escucho el gorgoreo de la cafetera, me sirvo una taza. Intento adivinar el lugar de procedencia: Chiapas, Veracruz, Oaxaca, Colombia, Italia. Me jalas hacia el interior de un café. Me convences con el argumento de que yo no pagaré nada y que no te saldrá caro. Todavía puedo ver la cara de la mesera cuando, antes del primer trago a la tercera taza, me besaste. Tenía los ojos abiertos. Varías personas lanzaron exclamaciones. Pero, de pronto, sin mas, cerré los ojos y me perdí. Me olvidé de los hombres, las mujeres, del universo. Luego nos invitaron a abandonar el establecimiento y nos dijeron que la casa invitaba. Tú sonreíste y me tomaste de la mano.
Siento la vibración de mi celular. Un mensaje de texto: “¿Dónde estás?” Miro el remitente. No me importa. Lo apago. Enciendo el televisor. Cambio de canales: chismes, noticieros, películas mexicanas, telenovelas, programas de debate, comerciales. No encuentro nada que me interese. “¡Cállate! ¡Maldita sea! No lo hago para que llores, sino porque te quiero. Dijiste que querías jugar, ahora te aguantas.” Me doy cuenta que apagué el televisor y miro la pantalla vacía. Algo huele raro. ¿Es mi sudor?
Noto que todo está en perfecto orden. Lo único que desentona es la ceniza de mi cigarro y la circunferencia anaranjada que dejó en el descanso del sillón. Casi es de noche. En la penumbra, repaso lo sucedido los últimos meses: Uno: Tu llamada, dos: el encuentro, tres: el plan: Dices: “Lo haremos juntas, es lo menos que me debes, lo que planeé para ambas…” cuatro: Llegado el momento, cada una hará su parte. Lo suyo será rápido; lo mío, tardado y debe parecer un accidente. Bebo más café, está frío, enciendo otro cigarro. Me quedo dormida.
Apenas escucho cuando derriban la puerta, cuando van al cuarto y te encuentran. Tu sudor, mi sudor, nuestro sudor. Me toman en brazos, me sacan del departamento. Siento, distante, el vaivén de mi cabeza mientras me bajan por las escaleras. Las voces de los vecinos. Sirenas, luces rojas, azules y blancas. Duermo, la espera ha terminado, nuestro después ha llegado.
Agata
09

lunes, 17 de agosto de 2009

La cita


En unas horas encontraré la sensación de amor en sus ojos. Yo tomaré un baño mientras ella prenderá la televisión y me hablará de no sé qué cosas: las dietas, la caminadora, las calorías.

Cuando salga del baño de ese hotel de paso al que entraremos, ella me mirará y, en ese instante, se rebelará algo en sus ojos que aún no entiendo. Confesaré que, a veces, me da un poco de envidia esa luz en su mirada, esas ganas de hacerme Dios que le dan de vez en vez. Porque, entonces, me siento más solo que nunca: Ella está con esa representación suya sobre mí mientras yo, desde el rincón, los miro.

Después del intercambio por el que habré ido, buscaré mis cigarros en el cajón del buró que huele a desinfectante barato. Encenderé uno muy a su pesar y los reclamos que hará sobre la salud y el calentamiento global. Los (nos) miraré en el espejo del tocador y, aunque mi cuerpo estará satisfecho, querré salir corriendo. Sin embargo, permaneceré hasta que ella tomé un baño, se acomodé el cabello, la ropa y se maquille.

Saldrémos tomados de la mano y el recepcionista me lanzará una mirada cómplice. La recibiré y antes de que, como siempre, quiera saber algo más que mi nick me despediré y caminaré rumbo a mi casa con cierto pesar y olor a jabón corriente.

Agata
09

viernes, 22 de febrero de 2008

el camino del estar en el mundo

Y ¿de qué se trata el mundo? ¿De mirarte y ya no saber más de mí? ¿Andarte y encontrarme con ese espacio vacío junto a la fuente? ¿De extrañarte toda la vida hasta extinguirme?
Entonces grito tu nombre para escucharlo, para escucharnos. Lo grito tan fuerte que los oídos me sangran, que los ojos se nublan y creo desaparecer en ese nombrarte. Sí, lo grito porque llevo años tratando de recuperte, recuperarnos. De ya no caer en el juego de los espejos y la ausencia. ¿Dónde estás? ¿Por qué te fuiste después de la sangre los demonios y los gritos? ¿Para qué arrancarme las entrañas, el corazón y la esperanza?
Vamos, vuelve dulce Agata, con tus palabras y tu soledad. Vuelve y cuéntame historias para escribir, para leer, para tomarnos un café juntas; para ya no estar tan sola y que las voces no me atrapen y que los fantasmas se vayan.
Agata, regresa que te estoy esperando desde hace años...